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A SU RANCHO, ALLÁ MUY LEJOS | SALA DE ESPERA

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Desde 1934 -el próximo año se cumplirán noventa- los delirios presidenciales de mantener en el poder a través de un testaferro han fracasado en cuanto el presidente sucesor asume el poder.

         El único “maximato” (de jefe Máximo de la revolución) que existió en México ocurrió entre 1928 y 1934, luego del asesinato de Álvaro Obregón, para quien se había reformado la Constitución para conseguir la reelección (algo que en el actual sexenio se trató de poner de moda).

         En esos años, los presidentes formales fueron Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez, quienes obedecían al poder detrás de la silla: Plutarco Elías Calles, el jefe máximo le llamaban, quien luego se vio obligado al exilio durante el gobierno de Lázaro Cárdenas y su poder desapareció.

         Nunca más ocurrió; aunque cada sexenio, por lo menos hasta 1994, todos los presidentes mexicanos lo hayan intentado en mayor o menor medida.

         Los casos más notables fueron los de Luis Echeverría quien creyó poder seguir gobernando a través José López Portillo, su amigo de juventud, y el Carlos Salinas de Gortari, a cuyo gobierno se le atribuye no sólo idea de un maximato, sino el proyecto de un gobierno transexenal.

Es necesario decirlo: la piedra angular del deseo del maximato es la “facultad” del presidente de la República para designar al candidato del partido oficial para sucederlo; es decir: yo te nombre, me lo debes todo a mí.

El “dedazo” es uno de los sustentos del sistema presidencialista.

         Ese “derecho” presidencial parecía superado: Fox no fue el candidato de Zedillo; Calderón no fue el candidato de Fox; Peña Nieto no fue el candidato de Calderón, y López Obrador no fue el candidato de Peña Nieto, aun cuando pereciese que entre estos dos últimos hubo un pacto de impunidad para el saliente.

         No hay duda de que el “dedazo” -disfrazado de “encuesta” está tan vigente como en 1993-, cuando fue “ungido” Luis Donaldo Colosio. La idea un maximato -y, al igual que la Salinas de Gortari, de un gobierno transexenal- está presente y así lo ha proclamado el propio presidente López Obrador y quienes se creen aspirantes a sucederlo: la permanencia y continuación de la autodenominada Cuarta Transformación.

         La pretensión del presidente de comprometer a la corcholata que resulte designada por su dedo, -perdón, perdón, por la encuesta del partido oficial-, a que a las otras tres corcholatas no favorecidas sean en próximo gobierno líderes de la cámaras de Diputados y Senadores y secretario de Gobernación, sería la primera vez que un presidente de atreviese a tanto, a repartir premios de consolación, creyendo que él seguirá gobernando porque su candidato ganará las elecciones y lo tendrá a su órdenes sin chistar.

         Es una apuesta que en los noventa años recientes -quizás tampoco en los pasados 600-800- no ha sido ganadora: el nuevo tlatoani, rey, emperador, virrey, presidente, jefe máximo, sabe que tiene todo el poder y toda la gloria cuando gobierna, y que él será el primero en olvidarse de quien lo hizo candidato/presidente, porque -pese a la oposición de pacotilla que hay- esta vez también necesita ganar las elecciones.

         Los periodistas, los reporteros y los opinadores, no tenemos bola de cristal, pero estamos obligados a conocer el pasado, la historia, que permite prever escenarios, con base en lo que ha ocurrido.

Así, es fácil pronosticar que el presidente López Obrador será enviado, gane el candidato oficialista o no, directamente a su rancho el 1º de octubre del 2024, aunque él crea y sueñe con lo contrario.

Sí,  sólo es un pronóstico.

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