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OPINIÓN

¿MÁS DE LO MISMO? | SALA DE ESPERA

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En un país mesiánico, caudillista, presidencialista, de jefe máximo como enseñó el  viejo PRI, no hay elección más importante que la del titular del poder ejecutivo.

         La elección del Ungido, del nuevo Tlatoani, del todo poderoso quien, -de una vez por todas y esta vez sí-, resolverá todos los problemas del país y de todos sus ciudadanos, de acuerdo con la imaginación popular.

         La mayoría de los votantes apostarán su futuro sexenal -no es un decir, porque eso creen-, a una de las dos candidatas a la presidencia de la República (hay un tercero cuya función es distraer votos que podrían ser para la oposición).

         Y buena parte de los votantes, la mayoría que no necesariamente cumple con el concepto de ciudadanos, ya piensan en los dos nombres que aparecen y aparecerán por todos lados en los próximos cuatro meses. Usted ya los sabe.

         Cada una de ellas es la esperanza de esos votantes, sin ninguna reflexión previa, sin ningún análisis, vamos sin ningún conocimiento, porque “es de mi partido” o porque “ya estoy harto y esta sí nos va a sacar de la crisis, de la corrupción y del mal gobierno” como se pensó en las elecciones de 2018… o antes.

         Lamentablemente siempre ha sido así en México.

Su joven y endeble democracia, impulsada por ciudadanos pensantes, creyentes y comprometidos con ella, tuvo su primavera cuando la mayoría harta ya de las crisis coincidió con ellos en “sacar al PRI de Los Pinos” como fuera, y12 años después mantener la alternancia con un candidato que  otra vez “tiene buena cara y ve que es bueno” (“Peña Bombón, te quiero en mi colchón”, gritaban muchas votantes) y en el 2018 darle oportunidad “al que ya le toca; vamos a ver, no puede ser peor”.

Que se recuerde, en esa primavera democrática (2000-2018) nunca hubo un real proyecto nación ofrecido a los votantes, quienes apostaron a la revancha,  y hace cinco años agravada por el resentimiento.

Hoy, el panorama no es diferente. Una candidata promete la continuar con un gobierno desastroso y fracasado, y la otra no ha podido desprenderse de la “continuidad” mediática del presidente de la República. Para mal, ambas han dependido del discurso presidencial. Bueno, la candidata opositora tiene ya sus propias “mañaneras”. ¡Caray! ¿Más de lo mismo?

Pese y por la grave crisis del país, los mexicanos comunes y corrientes siguen creyendo en el mesías sexenal que vendrá a salvarlos. Poco han servido unos  25 años de prácticas más o menos democráticas, de organismos autónomos y contrapesos al poder del absolutismo presidencialista.

El sexenio que está por concluir es un buen ejemplo de cómo socavar desde el poder a las  prácticas e instituciones democráticas.

La mayoría de los mexicanos no han querido darse cuenta de que la Constitución establece la división de poderes; que así como hay un poder ejecutivo, hay un poder legislativo y otro judicial, pese a que desde el gobierno de Ernesto Zedillo han mostrado lo que pueden y podrían servir para el desarrollo político y, consecuentemente, económico y social el país.

Hoy ¿alguien piensa en que en junio también se elegirá los integrantes de las cámaras de Senadores y Diputados? No, los primeros aspirantes del oficialismo y de la oposición son los burócratas de los partidos en búsqueda de fuero. Y por ahí soplan vientos democráticos. Tristemente sólo interesa quién ganará la elección presidencial.

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