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OPINIÓN

Linchamientos: “Fuente Ovejuna, señor”.

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Ocurrió en la vida real y el gran escritor, del siglo de oro español, Lope de Vega, lo relató en una de sus obras emblemáticas:

En 1476, los habitantes de un pueblo andaluz llamado Fuente Ovejuna, cansados de soportar los abusos de un cacique local, se rebelaron unánimemente contra él. La rebelión acabó en su linchamiento. Cuando la autoridad acudió al lugar para investigar lo ocurrido, no pudo arrancar de las bocas de los aldeanos más que una única respuesta: Fuente Ovejuna lo hizo”. Frente a este comportamiento se renunció a continuar la investigación dando por hecho la venganza del pueblo.

Por supuesto aquello fue cosa de sus tiempos y sus circunstancias. En la obra se van encontrando razones por las que la falta de la ley, la autoridad y la seguridad calan en el ánimo social y, como en esa ocasión, se convierte en ilegalidad e intransigencia.

Otro ejemplo más reciente es el que nos relata el escritor sonorense, Edmundo Valadés en uno de sus relatos más conocidos y que tiene similitud con lo escrito por Lope quinientos años antes: “La muerte tiene permiso” (1955).

El cuento trata sobre un grupo de campesinos que se reúnen en una asamblea para hablar sobre sus problemas y sus quejas contra el Presidente Municipal de San Juan de las Manzanas.

Sacramento, quien es el protagonista, expone los abusos de poder, corrupción y violencia que han sufrido por parte del Munícipe y su grupo. Ante la falta de justicia y respuesta por parte de las autoridades, los ejidatarios solicitan permiso para tomar justicia por su propia mano y matar al Presidente Municipal.

La asamblea, incluyendo los ingenieros que escuchan los argumentos, aprueba por unanimidad la solicitud y se les concede el permiso. Al final del cuento, se revela que el presidente municipal ya ha sido linchado por los ejidatarios.

Por supuesto son obras literarias que recogen uno de los más grandes problemas de la humanidad: un estado de leyes o un estado de mano libre, de “ojo por ojo”… de ‘la ley por mano propia a falta de ley Constitucional’.

Las leyes se construyeron a lo largo de la historia de la humanidad para dar orden, para establecer derechos y obligaciones; para contener abusos, contener intransigencias e injusticias… Y para poner orden y legalidad a los procesos por los que se tiene que definir inocencia o culpabilidad con base en las evidencias ciertas y con base en las leyes que buscan castigar a culpables según queda establecido en los documentos básicos.

Pero ocurre que en México durante los años recientes se ha incrementado de forma alarmante el fenómeno del linchamiento en comunidades o municipios del país. El caso más reciente es el que ocurrió apenas el 28 de marzo en Taxco, Guerrero…

Camila Gómez, una niña de ocho años fue a visitar a su amiguita en una casa cercana. Quería jugar con ella y sumergirse en su alberca inflable. Ya no regresó. Su cuerpo fue hallado poco tiempo después en una carretera del estado de Guerrero, México. Murió por estrangulamiento.

Los padres de la niña y vecinos tenían la evidencia en imágenes de quienes eran los presuntos asesinos de la niña. Avisaron a la autoridad para que fueran detenidos. No hubo respuesta. Los Agentes ministeriales argumentaron que no contaban con una orden y que no podían consumar el arresto. Ante esto…

Inmediato una turba enfurecida acudió a la casa de una mujer y dos hombres que presuntamente habían cometido el homicidio de Camila. Volcaron dos vehículos y rompieron el cerco de alrededor de una veintena de policías para sacar de la vivienda a los sospechosos del crimen.

Las tres personas fueron sustraídas por la multitud enfurecida. Los golpearon sin piedad: fueron linchados. Eran dos hombres y una mujer. Ella murió. La autoridad, que debe aplicar la ley desde un principio, estuvo inactiva frente al hecho trágico: en silencio, sin actuar con base en protocolos inmediatos para hechos como éste y ponerlos en ley. Las autoridades una a otra se echan la culpa.

Lo dicho: las leyes fueron escrituradas para evitar que el hombre se convierta en el verdugo del hombre. En toda sociedad existen reglas. Derechos y obligaciones. Existen procedimientos de convivencia y, en el caso de romper estos, hay leyes que castigan con base en procesos judiciales que deberán llevar a la verdad: inocencia o culpabilidad.

Un linchamiento irrumpe toda ley. Rompe las reglas establecidas y produce injusticias en todos los casos. Ya se ha visto cómo en algunos casos se ha linchado a gente inocente a quien se presumió, por el simple rumor de culpabilidad. Al final todos son culpables, incluyendo a la autoridad…

Una autoridad temerosa, incapaz, imposibilitada por falta de conocimientos y por falta de inteligencia suficiente para actuar inmediato y evitar estos linchamientos que cada vez son más frecuentes en nuestro país. ¿Por qué?

En gran medida porque esas autoridades se escudan en procedimientos burocráticos y evaden su responsabilidad. Así: tan criminales podrían ser los que linchan como las autoridades que no actúan en ley.

El resultado: En los últimos cuatro años, en México se han documentado al menos 129 linchamientos y 694 intentos de ajusticiamiento por propia mano. Esto según cifras de la organización civil Causa en Común; con base en ejercicios de recopilación de notas periodísticas, refiere que tan sólo en 2023 ocurrieron 19 casos de linchamiento y 129 intentos.

¿Esto es un Estado de Derecho que tanto se presume desde el gobierno federal y los estatales y municipales?

El Representante del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH), Amerigo Incalcaterra dice: “Los linchamientos constituyen graves atentados contra la vida, la integridad física y la dignidad del ser humano.

“El linchamiento atenta no sólo contra el derecho a la vida e integridad de la víctima, sino contra los derechos a la presunción de inocencia y las garantías del debido proceso”.

En sentido estricto debería funcionar el Estado de Derecho. De lo contrario volvemos a la historia ocurrida hace más de quinientos años, como si nada hubiera pasado a la humanidad para garantizar la ley y evitar el animalismo: “¿Fuente Ovejuna, señor?”

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