Periodismo con linaje

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Y eso es. Basta con oler aquellos aromas inconfundibles del paso de la tinta sobre el papel en rotativas que corren a velocidad increíble y con un ruido mecánico que es estruendo y que semeja a la sinfonía de la vida, del dolor y la muerte del Profeta, según dijera Ivan Turgueniev.
Ciertos seres humanos deciden hacer de la vida un correr de papel y tinta en sus vidas. Los hay de distintos orígenes y destinos. En todo caso, ningún perfume, aroma o fragancia, por finolis que se presenten, se asemejan a ese dulce y agrio, a la vez, olor a tinta. Es todos los perfumes en uno. Es todos los aromas y la esencia de todos ellos: la tinta.
El papel, sigo, huele sabroso, como a todos los bosques del mundo en la mañana, puestos en un rollo enorme que parece interminable y que se deshoja día a día convirtiéndose en periódico o en libros o en folletos o en salvación para los seres humanos. Porque un libro –la mayoría de los libros—son la redención del ser humano y el perdón de sus pecados: Un periódico es el sudor y la sangre de los periodistas, de los editores, de los fotógrafos, de los formadores, diseñadores… tanto…
Quienes saben de esto son los periodistas. Los de a deveras. Los que día a día salen para recorrer el mundo, o se entregan a su universo, para descifrar el secreto de la verdad, para decirle al mundo que vive, que está ahí y cuáles son sus pesares y sus grandezas.
Y los escritores. Los que escriben libros, que son obras, según se dice. Son quienes se entregan en cuerpo y alma para poner en papel y tinta a ese mundo que aman u odian; el mundo y sus seres creados que están ahí siempre con sus pasiones y locuras: la materia prima del escritor que se encuentra con sus personajes o en sus personajes, en sus ambientes con sus hechos: y los retrata y les agrega sus intensidades, les dota de sí mismo y les da vida,
Así que ambos, periodistas y escritores, ‘conocen ese mundo de nunca jamás olvidar’. Porque lo llevan en los bolsillos, en la mochila, en la sesera. Y lo cargan como la piedra de Sísifo en una lucha incansable por alcanzar y permanecer en la cima.
Aquí está el dilema. Periodista o escritor. O escritor y periodista. ¿Qué fue primero? O ¿Quién es quién? ¿O son lo mismo?
Para los letrados hijos de Eva el periodismo es un género menor. Es un género puramente informativo y que no tiene ni debe aspirar a formar parte de las artes, de la enormidad del peso de ser cultura y clase. Es –según esto- un reflejo de hechos y de caracteres y personajes que viven, crecen se reproducen y un día, como Cleto, cierran sus ojitos: y hasta ahí.

Por supuesto, este criterio no toma en consideración los diferentes géneros periodísticos en los que algunos de los hombres de papel-tinta-carreras contra el tiempo, llevan a cabo. Por supuesto está el de la nota informativa, en la que se reproducen hechos y acontecimientos tal cual, como un filetito de pescado, sin huesitos.
Está la entrevista, el reportaje, la crónica y el artículo de opinión que, para algunos “tundemáquinas” no es tanto periodismo, pero lo es en la medida en que surge de forma permanente, con base en hechos y en lugar específico en los medios distintos, ya electrónicos, digitales o impresos.
Y muchos de los grandes escritores que en el mundo han sido, han ejercido el periodismo, y dentro del periodismo han sido reporteros o cronistas, como preámbulo al escritor.
Un periodista es, en sí mismo, grandioso. Porque sabe que su tarea es indispensable y sublime. Porque contribuye al saber social, al conocimiento de lo que le pasa y lo que le ocurre al cuerpo social. Porque está día a día nutriendo a los insaciables medios y a la insaciable necesidad de información de todos.
De pronto grandes reporteros o cronistas –periodistas- dan un paso al lado y se convierten a escritores. Y su obra se conjuga. Porque a fin de cuentas ese paso es sencillo y lo dan también a la inversa: el escritor al periodismo.
Ejemplos de periodistas que se trasladan a la literatura sin dejar de ser periodistas hay muchos. Acaso el más cercano y emblemático de nuestros días es Gabriel García Márquez, Ernest Hemingway, Tomás Eloy Martínez, Elena Poniatowska, Manuel Vázquez Montalbán… Tantos y tan grandes escritores- periodistas. Y a la inversa, Truman Capote.
“A sangre fría” es un larguísimo reportaje que llevó a que Capote acudiera al lugar de los hechos, que rastreara la configuración del crimen, que hablara con la policía y vecinos de la familia Cuttler, asesinada sin sentido, el 15 de noviembre de 1959 en Kansas. Inició la investigación periodística en 1959 con la intención de hacer una crónica, que finalmente terminó en reportaje, publicado en 1966.
Pero dejémonos de cosas y seamos simpáticos para reír con lo que Oscar Wilde asestó un día: “¿Cuál es la diferencia entre el periodismo y la literatura? ¡Ah! el periodismo es ilegible y la literatura no se lee. Eso es todo”.

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