LA VIEJA APLANADORA |SALA DE ESPERA

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Gerardo Galarza

En los tiempos que corren, no debe ser fácil ser priista, menos cuando apenas hace un sexenio habían regresado al poder, para según sus creencias ejercerlo a plenitud.

       Y así lo hicieron. A tal grado que acabaron por hartar a los electores, quienes se los cobraron caro, aunque ese costo resultó peor que darse un balazo en el pie.

       A pesar de la contundente derrota del 2018, muy pronto los priistas se dieron cuenta que, al menos individualmente, no habían perdido mucho. Sus antiguos correligionarios (López Obrador, Sánchez Cordero, Jiménez Spriú, Ebrard, Durazo, Moctezuma, Gertz, Monreal, Bartlett, Ovalle, entre muchos otros) estaban y están en la cúspide del poder político.

       Más aún, no pasó mucho tiempo para que entendieran que la “Cuarta Transformación”, no es sino la simple restauración del sistema de gobierno del priismo más rancio y corrupto, cuyo mayor ejemplo son los sexenios de Luis Echeverría y José López Portillo, los popularmente conocidos como la “Docena Trágica”, que culminó hace 39 años.

       El verdadero proyecto político del actual presidente de la república es la restauración del poder omnímodo del presidente de la república, de aquel que fue jefe de Estado, jefe de gobierno, líder nato, jefe máximo, comandante en jefe de las fuerzas armadas, guía moral, apóstol de los postulados de la revolución mexicana, jefe de las instituciones, y cuya palabra era necesaria para que se moviera apenas una hoja del árbol de la política nacional.

       La Cuarta Transformación, hasta hoy, consiste en que la presidencia de la república (su titular) recobre su poder absoluto, regresarla al nicho en el que estaba y de donde fue sacada, según las palabras de Porfirio Muñoz Ledo, con las 27 interpelaciones al presidente Miguel de la Madrid, el 1º de septiembre de 1998 en su último informe de gobierno. Ahí comenzó una nueva era de la lucha por la democracia mexicana, que no alcanzan ni quieren comprender los mexicanos menores de 40 años.

       A partir de entonces, la palabra presidencial no fue la ley. Hubo necesidad de debates y acuerdos, de negociaciones, de hablar y escuchar o al revés, de proponer y ceder, de aprender democracia. Es cierto, la primavera democrática mexicana duro apenas un segundo, diría el ínclito Joaquín Sabina, y también -sin duda- llena de borrascas, de días negros, de corrupción endémica, de errores y fracasos y de avances.

       Hoy regresamos al poder presidencial omnímodo; al de no le cambien ni una coma a la iniciativa de ley, a los legisladores levantadedos, a la violencia física y verbal contra quien piensa y propone diferente; a lo que usted ordene señor presidente con razón o sin razón, para eso estamos, para eso somos la mayoría. El regreso de la aplanadora, la de hace 50, 60, 40 años, la esencia de la cultura política priista, la más rancia, como lo mostró la discusión del paquete económico del gobierno federal para el 2022 en la Cámara de Diputados.

       En las próximas semanas vendrá la discusión de la contrarreforma energética, que busca anular los pocos y, sí, atrabancados y quizás ineficaces avances de competividad,  la promoción de fuentes alternas de energía; en resumen, los caminos del futuro frente a los túneles y cuevas del pasado.

       La aplanadora rediviva necesita del voto de los legisladores priistas para hacer esa reforma constitucional. La tentación es muy grande: regresar a la plenitud del poder, aunque sea momentáneamente, sin muchos costos políticos. No es, como se ha planteado, escoger entre López Mateos y Salinas de Gortari; es elegir entre el pasado y el futuro. Se verá pronto.

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