Hace apenas 50 años no existía Google, pero el escribidor buscó la manera de enterarse de ¿quién era el Cambujo?, el soplón policía de Los Agachados de Ruis, caricaturista y autor de historietas (“cuentos”, les decíamos) y libros de “monitos” de crítica política, cuando ésta no era respetada en México… igual que ahora.

Como haya sido, el escribidor supo que un cambujo era integrante de una casta de la Nueva España, “producto” de la relación entre un hombre albarazado con mujer negra. ¿Y? Después supo que un albarazado es el hijo de un gíbaro con mulata; el gíbaro era el hijo de hombre lobo con mujer china, y éste de un saltapatrás con mulata…

En la Nueva España hubo entre 18 y 20 “castas”, según la fuente que se consulte, cuyo origen fueron tres grupos llamémosles sociales para cubrir la corrección política: blancos, indígenas (“pueblos originarios”, según se dice hoy) y negros (“afroamericanos”, no se asusten), que se trajeron a Las Indias como esclavos.

El recuerdo de Cambujo seguramente fue provocado por la celebración del gobierno de México de los 500 años de la derrota del imperio de Tenochtitlan, a manos de unos cientos de castellanos y de miles de miembros de pueblos originarios que lucharon contra sus opresores mexicas-aztecas. Y que no fue el nacimiento de la nación que hoy conocemos como México, sino del virreinato de la Nueva España, integrante del mayor imperialismo de entonces: el reino de España. (Saque usted sus otros datos: ni Estados Unidos ni la extinta Unión Soviética nunca controlaron tantos territorios como el reino español de esos años).

Un cifra que no gusta: de esos 500 años, 300 corresponden al virreinato Nueva España y 200 a México.

El escribidor no cree que resulte ocioso celebrar las efemérides históricas; al contrario. En lo que está en contra es en el uso de esas celebraciones con motivos demagógicos, manipuladores y también electoreros, desde el punto de vista que se quiera o se milite.

México, como país, como nación, como Estado, surgió en 1821, mediante una “concertacesión”, -si se utilizan términos “modernos”-, entre Guadalupe Victoria y Agustín de Iturbide. A partir de entonces, los mexicanos somos mexicanos. Por supuesto que tenemos que estar orgullososde nuestros mejores antecedentes, pero no podemos negar las aberraciones de los mundos indígena, español y esclavo.

En el México actual prevalecen los nombres y apellidos llegados de España desde hace 500 años, y en su gobierno actual, -sólo como ejemplo de la diversidad nacional-, también proliferan los de origen inglés, alemán, judío, francés, catalán, italiano, y quienes los ostentan que son tan mexicanos como el escribidor que tiene un apellido vasco. Ya ve usted lector ¿cómo buscamos diferenciarnos para decir que nos somos de la chusma?, pese a nuestra proclama igualdad.

El problema la polarización y el enfrentamiento: ¿Schmit contra Sánchez? ¿Browm contra Moreno? ¿Rich contra Rico? ¿Müeller contra Molinero? O al revés. Tal vez, como resumen, sea mejor: Reuters Nopaltzin, como se llamaba otro personaje de Rius.

Hoy la riqueza de la humanidad, la que habita en México y en el mundo, es la suma de la infinidad de cruzas genéticas y, por supuesto y sobre todo, culturales.

Lo demás es demagogia, ésta sí pura, que ni los zambaigos ni los calpamulato y otras castas deberían creer… ni mucho menos celebrar.

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