La palabra “empatía” no goza hoy de buena prensa en México. Está satanizada por el presidente de la república. Es un concepto neoliberal, ha dicho el habitante del Palacio Virreinal. Y en el México de hoy, la palabra presidencial pretende ser nuevamente la palabra de Dios, como lo era en la época del peor priismo.

         El escribidor escuchó por vez primera la palabra empatía de don Froylán López Narváez, su profesor en un aula de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. En ese tiempo no había Google ni muchos menos teléfonos “inteligentes”. Había que buscar las palabras en los diccionarios de papel.

         De acuerdo con el Diccionario de la Lengua Española, empatía significa: 1.- el “sentimiento de identificación con algo” y 2.- la “capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos”. En buen mexicano diríamos o decimos que es la capacidad de ponerse en los zapatos o en el lugar de otro u otros.

         Entendida así, la empatía fue y es un buen principio para vivir en sociedad. Algún sociólogo podría aventurar que es parte esencial de lo que ellos llaman “proceso de socialización” de los humanos. Se trata de entender, de comprender al prójimo, diría otro, con tintes religiosos. No se trata de tener lástima o misericordia o conmiseración por nadie.

         La empatía es un muy buen principio para gobernar: el gobernante se pone en los zapatos de los gobernados para poderlos servir mejor, que ese es finalmente el objetivo de todo gobierno: servir a la sociedad, a los ciudadanos, a los habitantes de un país.

         Pero, el presidente de la república cree que ese concepto (incluyó otros dos cuando lo dijo en diciembre pasado) es un invento del “neoliberalismo”, que para él es la fuente de toda maldad.

         Por eso él no quiere se empático, aunque lo haya sido con muchos ciudadanos y muchos grupos sociales cuando necesitó de su apoyo en la búsqueda del poder. Pero ha sido congruente son sus creencias y los ha hecho a un lado. Un ejemplo de ello son los padres de familia de los 43 muertos de la normal de Ayotzinapa. O su negativa siquiera  a recibir a los familiares de los niños con cáncer por una decisión presunta austeridad de su gobierno o a las madres de los desaparecidos.

         El viernes pasado la pregunta sobre su ausencia en el lugar del colapso de la Línea 12 de Metro de la CDMX, que provocó 26 muertos y 80 heridos,  lo irritó tanto que mandó “¡al carajo!” ese estilo, dijo, de ir a los lugares de las tragedias, lo que consideró hipócrita, demagógico y parte del conservadurismo.

         Y al día siguiente viajó a Tabasco para ir a supervisar personalmente la construcción de la refinería Dos Bocas, una de sus tres y únicas prioridades de gobierno junto con el aeropuerto de Santa Lucía y el Tren Maya.

El presidente no es empático, pero sí recurre a victimizarse por acciones del pasado, de los conservadores, de los que considera sus enemigos que, dice, le ponen todos los obstáculos a su gobierno, incluidos los medios de información que no lo alaban, para provocar la empatía de los ciudadanos hacia él. En eso no hay “neoliberalismo” que valga.

Por cierto, mi profesor López Narváez no era ni es ningún neoliberal y el DLE dice que empatía proviene el griego “empátheia”, que no me parece muy “neoliberal”.

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